Hace unos días estaba en la playa tranquilo y relajado cuando mi pequeña hija se me acercó y me dijo que quería ir al agua. Le dije que lo hiciera que la vería desde la orilla, al instante volvió y me dijo que le picaban los pies. Mientras me acercaba a la orilla me percaté que las conchitas y restos de “Muy Muy” que el mar expulsa habían formado una barrera que una pequeña niña de 3 años no podía superar. Con mi capa de súper papá entré en acción y la cargué para que venciera el obstáculo. A los pocos minutos me pidió que la cargara de nuevo para salir. Entonces decidí “hacerle un caminito” y asunto arreglado, había solucionado el problema, por ese día.
Al día siguiente, mi hija exigía
que le “abriera el camino”, cuando estaba a punto de volver a sentirme
indispensable la observé y entendí que ella tenía todas la condiciones para
hacerlo y que lo mejor era enseñarle a ser libre. Le enseñé a “hacer el camino”
y luego de eso mi capa de súper hombre voló por los aires mientras observaba a
mi pequeña, que con la autonomía propia del aprendizaje logrado, se movilizaba
con seguridad y mucha habilidad. Mi hija me enseñó a soltar su mano.
¿Cuántas veces en la vida, por temor a que no
nos necesiten, postergamos el enseñar y formar a nuestra gente?
No hay comentarios:
Publicar un comentario