Por: Javier García-Blásquez L.
Hace algunos
años mi esposa me despertó con una sonrisa de oreja a oreja y me dio la noticia
más intensa de mi vida “vas a ser papá”, traté de forzar mi rostro a soltar una
expresión de alegría, pero en el fondo sentía temor, inseguridad, nerviosismo y
un sin número de emociones contrariadas.
Las dos veces
que las lágrimas han salido de mis ojos sin poder controlarlas han sido cuando
he presenciado el nacimiento de mis dos hijos, es una sensación indescriptible
que me ha afectado para siempre (antes no tenía sentimientos y hoy algunas
películas hasta me hacen sollozar).
Al pasar el
tiempo, el ser papá, se ha convertido en la bendición más grande que la vida me
ha podido dar; sin embargo, hay que ser honesto, mi generación es la de padres
2.0, no porque las madres abandonen a los hijos, pues ellas son el pilar, la
columna vertebral del proceso formativo, lo más importante en la vida de un
infante, sino porque hemos ido tomando partido de algo que los antiguos padres
no tomaban, el desarrollo de nuestros hijos y eso ¡no es fácil!
Hoy veo como
mis padres se siguen preocupando por mí y celebrando mí desarrollo igual que
hace algunas décadas. Eso me hace descubrir que es un compromiso que se gestó
en un acto de amor y que durará toda la vida.
Cada mañana,
al despertar, se dan duras batallas con mis hijos para peinarlos, ayudarlos a
cambiarse, hacerlos tomar la leche, acompañarlos a la movilidad y en las noches
para hacerlos dormir (lo que en más de una oportunidad, producto del cansancio
se ha convertido en “hacernos” dormir).
No es fácil
ser padre, es duro y sacrificado, pero como alguien me dijo alguna vez, es el
único amor desinteresado, se entrega sin esperar recibir nada a cambio.
Feliz día a
todos los padres que piensan que no es fácil ser padre y que a pesar de ello,
cada día se juegan un partido diferente con el único objetivo de que esas
criaturitas sean mejores seres humanos cada día.