lunes, 18 de noviembre de 2019

Tres historias, tres dolores, una misma causa

Por MBA Javier García Blásquez López

Historia 1 (40 años):
Un lunes de setiembre fui a Miraflores en la noche, decidí ir sin auto pues tenía flojera de manejar y buscar estacionamiento. Me encontré con mis amigas y conversamos un rato. Después de una magnífica velada, una amiga con quien volvería decidió irse antes y tomé la decisión de quedarme un rato más. No había bebido alcohol y pensé que la mejor manera de llegar a Chacarilla sería pedir un taxi seguro, entonces, elegí Cabify. Ya era de noche, alrededor de las 10 p.m., cuando empezó el viaje en taxi. Inmediatamente, tuve un mal presentimiento; sin embargo, en ese mismo instante pensé “son tonterías y traumas míos”. Unos minutos después, algo empezó a ocurrir, sentí mareos, inestabilidad, empezaba a perder el control y le hice muchas preguntas al taxista, pero este no respondía.
En mi desesperación, aproveché que el auto se detuvo en una luz roja, abrí la puerta y escapé tropezando en la vía del auto. Desubicada y muy nerviosa, me senté en la vereda y con un mareo extrañísimo solo atiné a llamar a mi esposo. Él vino por mí rápidamente y me llevó a la clínica.  Después de las pruebas, el diagnóstico fue que estaba drogada, pero nunca supe bajo qué sustancia.
Fue un susto, me salvé de algo que pudo ser aterrador.
Fue mi culpa, no debí quedarme un rato más ni volver de noche y menos tomar un taxi, así sea “seguro”, pues los hombres violan.

Historia 2 (18 años):
Parábamos juntos, era mi mentor (pudo ser mi padre, pues era más de 30 años mayor que yo). Un día me preguntó ¿qué haces en la noche?, le dije que no tenía planes y quedamos en ir a tomar y picar algo. Me parecía súper chévere, pues era una persona recontra culta e inteligente y siempre se preocupaba por mí.
La noche avanzaba, tomamos muy poco y picamos un par de platos, la conversación estaba muy amena e interesante hasta que me miró con otros ojos y me comentó “mejor me voy al baño, porque te quiero besar”.
Fue un momento de mucha tensión para mí, no sabía qué pensar.  Volvió del baño, se disculpó y luego nos fuimos. Camino a mi casa, no pasó nada, no hablamos nada, solo bajé y corrí a mi cuarto.  
Fue mi culpa, no debo aceptar salir con hombres mayores, ya que ellos pueden querer algo más.

Historia 3 (41 años):
Mi esposo y yo salimos a correr, un recorrido tradicional de unos 4 km. en La Molina, vestíamos ropa deportiva para la ocasión y, además, yo siempre uso un “tapa rabo” para evitar miradas incómodas.
Habíamos avanzado una buena distancia y empezamos el camino de retorno. Siempre que corro, sola o acompañada, escucho música para “desconectarme” de la ruta. Estábamos en una avenida y, de un momento a otro, desde un auto en el que había varios hombres con actitud peligrosa, uno de ellos me gritó algo que no escuché muy bien, pero consideré muy desagradable por la expresión en su rostro. En ese momento, me sentí terriblemente culpable y hasta con vergüenza de que mi esposo viera esa escena.  
Fue un momento incómodo y no pude reaccionar, pues el auto se fue velozmente.
Sé que fue mi culpa, porque no debo salir a hacer ejercicios, ya que puedo provocar a los hombres.

Tres historias, tres dolores, una misma causa: el machismo que, además de agredir, genera un sentimiento de culpa en las víctimas. Ninguna de las tres mujeres hizo nada incorrecto, todas fueron víctimas de la cultura machista normalizada.
El machismo mata, lastima y ofende.
Formemos personas con un enfoque de género y cambiaremos la sociedad a una que queremos y nos merecemos.