Por Javier García - Blásquez López
Recuerdo como si fuera ayer un verano en que nos íbamos a la playa hasta
que recibimos una llamada telefónica, ¿quién era? La hermanita de una buena
amiga que nos decía que “le habían dejado una casa en la playa”. Cambiamos de
rumbo y en lugar de ir al kilómetro 97, nos quedamos en el 46, San Bartolo sur.
Al llegar te vi, y un recuerdo veloz llegó a mi mente en ese momento pues hace
unos años atrás, cuando aún estaba en el colegio, te había visto por primera
vez como una niña, amiguita de la hermanita de mi amigo.
Sin embargo, cuando te volvía a ver, ya no eras una niña,
eras una hermosa mujer. Sin pensarlo fuimos todos a una disco en la playa como
cualquier fin de semana y por alguna coincidencia de la vida, en el momento
exacto algo me hizo buscarte, acompañarte, ayudarte cuando se te rompió el taco
y finalmente llevarte a “la casa prestada” con tu amiga. Volví a la fiesta y
todo había cambiado desde ahí, al retornar, y para darle algo de suspenso, no
nos abrieron la puerta, ¡queríamos matarlas!, pero eso es historia sin
importancia, pues algo empezó a nacer, tal vez sin siquiera saberlo. Al volver
a Lima no hablamos de nada en particular y compartimos un almuerzo con todos,
hasta ese momento era un fin de semana como cualquier otro.
Las casualidades no existen. Dos días después, sin saber por
qué y sin estar seguro de dónde vivías, di vuelta en una esquina y me detuve
justo frente a la casa de tus padres, titubeé un poco y “me mandé” toqué el
timbre y cuando saliste pensando que era “otro Javier”, no tuve mejor idea que
hablar de mi ex, idiota yo, lo acepto. No se me ocurrió nada mejor que…
invitarte a tomar un café ¿? ¡Jamás en mi vida había ido a tomar un café!
La historia de ahí continuó con muchas anécdotas, torpezas y
tropiezos (muchos de ellos se siguen dando), viajes y aventuras, locuras y
demás vivencias de una vida que ya no era propia, sino era una construcción
conjunta.
Luego de algunos años me tocó irme, parecía que la historia
acabaría ahí; sin embargo, algo estaba escrito. Fue así como un día te llamé y
te pedí que estuvieras conmigo, aún recuerdo cuánto demoraste en llegar y como aprendimos
a dormir juntos en una pequeña cama de una plaza. Recuerdo que, casi por
accidente, encontraste tu vocación y empezaste el camino a tu realización
profesional, la misma que hoy en día te da tantos logros y reconocimientos.
Recuerdo que hace más de 10 años regresé de Lima a Cusco y
te molestaste conmigo pues no te había llevado “un McDonald’s”. En ese preciso momento,
estiré tu mano y puse sobre ella la bolsita en donde se encontraba el anillo de
compromiso, recuerdo tus lágrimas de felicitad y toda la locura que hicimos
para casarnos.
Recuerdo que a solo dos días del matrimonio civil no nos
daban la autorización para usar la casa hacienda del Marqués de valle Umbroso y,
cuando la dieron, compré los 300 regalos de niñas y de niños que solicitaron en
ese momento.
Recuerdo que estábamos allá lejos y nuestras madres buscaban
por todo Lima la iglesia ideal para realizar nuestro matrimonio religioso. Recuerdo
que en una llamada, sin ver la iglesia y confiando en el buen gusto de ellas
“escogimos” (no nos quedaba otra opción) la que usamos, que, coincidentemente,
tenía muchas semejanzas a nuestra realidad de aquel entonces y la fecha era una
imposible de olvidar (la memoria de esos detalles no era nuestra aliada así que
la fecha cayó a pelo).
Son tantos recuerdos que se vienen de toda esa loca aventura
luego de 10 años de empezar a formar
nuestro hogar, que cada vez que lo recuerdo me da alegría, nostalgia e ilusión,
mezcladas con una buena dosis de pasión por seguir construyendo un futuro feliz
ya no para dos , sino para cuatro.
¡Feliz décimo aniversario!