miércoles, 3 de febrero de 2010

ME PREPARÉ, POSTULÉ … Y NO INGRESÉ.



Miles de jóvenes entre 16 y 18 años viven su primer “choque con la realidad” en su primer examen de admisión. Muchos con un pensamiento reactivo le echan la culpa al mundo: “Mi “cole” no me apoyó”. “La pre no me sirvió”. “El “profe” no me dio la pregunta fija”. “Ese día, fue mi día de mala suerte”. “Mis papás me presionaron demasiado”. “Yo no quería esa universidad”. Etc. Pero hay una única verdad cuando las cosas no te salen como querías. No solo es el mundo el que se equivoca, sino que hay algo que no hiciste bien.
En los resultados de los exámenes de admisión se suele haber justicia; sin embargo, no son pocos los contraejemplos clásicos: “Mi primo es un vago, se preparó tres días y la agarró”. “La amiga de un amigo era pésima en el “cole” e ingresó”. Los chicos que llegan a postular con una buena base, con la actitud de estudio, que se esfuerzan y sacrifican cosas por lograr sus objetivos, suelen ser los que, en su mayoría, refuerzan esta justicia e ingresan.
Recordemos, nada es casual todo es causal, bajo esa lógica luego de un resultado no deseado, es bueno mantener la calma (y no me refiero a no llorar o renegar por la bronca y la impotencia, sino que luego de la frustración inicial debemos analizar las “causas” y entender en donde estuvo el error –muchas veces está en nuestra actitud y entrega–). Luego hay que darse cuenta de que la vida no acaba y menos a los 17 años. La vida nos da infinitas oportunidades. Uno debe darle vuelta a la página y volver a empezar.
Una buena práctica es analizar la actitud (reforcemos esa palabra porque es la clave del 80% del éxito en la vida) de los chicos que la hicieron, usarlos de ejemplo, tomar un respiro y volver a empujar con más fuerza y orden hasta lograr el objetivo.
No importa la cantidad de veces que uno se caiga, lo que importa es la cantidad de veces que uno se levanta. Nadie te pregunta cuantas veces postulaste, sino cuan competente eres para la vida y eso no lo mide un examen de admisión.